13 de julio de 2004
- Rafael Rodríguez Cruz
Una mirada al tema de raza, clase y cultura en el sur de Puerto Rico
Cada vez que veo un par de perros satos deambulando, me acuerdo de mis amigos de infancia en Guayama, siempre peleando, siempre buscándonos unos a otros, y siempre en medio de una descabellada aventura. El mundo era nuestro para descubrirlo, para conquistarlo y disfrutarlo en los términos imaginados que nos diera la real gana, como si fuéramos caninos realengos.
Era otra época y otra realidad la que entonces se vivía en Guayama. Ser sato o ser adolescente no era cosa tan complicada. A pesar del urbanismo ya en desarrollo, Guayama era una ciudad amiga de la niñez y de los perros realengos.
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