11 de agosto de 2013
- Rafael Rodriguez Cruz
A Santiago de Cuba no se llega sin nociones preconcebidas. Pocas ciudades de Cuba y del Caribe tienen el misticismo y la historia de Santiago. Para los amantes de la música y de la cultura negra, ésta es la más caribeña de todas las ciudades, cualidad que el propio Gottschalk destacó al considerarla hermana gemela de Nueva Orleáns. Para los amantes de la amistad, Santiago es quizás la más hospitalaria de las ciudades de Cuba. Para los patriotas, es la más rebelde y revolucionaria. Quien tenga duda, sólo tiene que contemplar la gigantesca estatua del Titán de Bronce que da la bienvenida a uno en la puerta de Santiago. Y por si las dudas, allí están enterrados Céspedes y Martí.
Pero de Santiago lo que más impresiona es la memoria de sus habitantes. Y no me refiero sólo a la memoria histórica, sino también a la más inmediata y empírica de todas las memorias imaginables. O sea, a la conciencia colectiva relativa a las direcciones y ubicaciones de todos y cada uno de los lugares, edificios y casas de la ciudad. Santiago es un verdadero laberinto de callejones, callecitas, escalinatas, cuestas y barriecitos, que parecen haber sido puestos allí con el único propósito de facilitar la labor de los grupos clandestinos durante la lucha en contra de Batista. Lo peor es que con el pasar del tiempo, y quizás por estar ocupados en otras faenas, organizando carnavales y fajándose con ciclones, los pobladores de Santiago dejaron la rutina de rotular las calles. Trate usted, por ejemplo, de llegar de un solo paso, y por una vía inequívoca, al centro del ciudad, y le apuesto a que se pierde. Una cosa es el mapa y otra la realidad. Noventa por ciento, o quizás más, de las calles de Santiago no están rotuladas. Lo mismo guiar que caminar por la ciudad, al menos si va con prisa, es una real locura. Sin mencionar que las calles son estrechas y los santiagueros conducen como neoyorquinos, o sea, a exceso de velocidad y frenando a tres pulgadas de los transeúntes.
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