29 de febrero de 2012
- John Bwakali
Nyash, una vida comprometida con la mejoría de las condiciones de vida de las favelas
Nyash casi siempre tenía una gran sonrisa, aunque, junto a su sonrisa, había una gran pasión por las personas menos afortunadas y las injusticias que ellas sufren. Las injusticias del Estado, localmente y globalmente, concomitantes con las injusticias de la pobreza.
Al comienzo de febrero, fui a almorzar con Nyash al gueto de Korogocho, donde él vivió la mayor parte de su vida. Habíamos combinado encontrarnos en Othaya, un “nyama choma”, especie de parrilla muy popular en Korogocho. Llegué un poco más temprano y, cuando él llegó, ya tenía su típica sonrisa. Se disculpó por el retraso, estaba en otras reuniones. Lo entendí, porque sabía que Nyash era muy importante y profundamente comprometido en tantas iniciativas para traer una vida mejor a las personas de Korogocho.
Momentos después de su llegada, Nyah comenzó a ayudar al mozo a servir a las personas que entraban en grupos al restaurante. Él pasaba de mesa en mesa cortando carne y lavando las manos de las personas. Y no lo hacía porque trabajara allí, sino porque percibió que el único mozo del local estaba sobrecargado. Mientras servía una mesa cercana a la mía, me lanzó aquella sonrisa larga y dijo gentilmente, 'sisi ni watumishi wa community (“estamos al servicio de la comunidad”).
Esas cinco palabras describen cómo Nyash vivía y murió -sirviendo a la comunidad que él amaba. Sirviendo al pueblo de las favelas de Korogocho para colocar comida en sus mesas, sellar las goteras, llevar los niños a la escuela, combatir el delito, mejorar las rutas, vivir pacíficamente, encontrar medios dignos de supervivencia y tener voz.
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