21 de febrero de 2012
- Angélica Berrios
Una lamentable historia que esperamos nunca tener que contarles a nuestros hijos.
Había una vez un maravilloso lugar llamado universidad. En el que se reunían jóvenes con visión de futuro. Jóvenes con miras a convertirse en hombre y mujeres profesionales, hombres y mujeres que se preparaban para aportar a su país, a su gente, a su historia. Ese magnífico lugar donde se abrían las mentes y en los corazones se despertaba una extraña pasión.
Oh la universidad! Donde los actores y músicos deleitaban con su arte, los sociólogos y humanistas con sus palabras, los de ciencias y matemáticas con sus métodos, y cada uno con su propia esencia y propia historia hacia de aquel lugar uno sin comparación. Que días aquellos, en los que socializabas con todo tipo de personas, los rockeros, los homosexuales y lesbianas, los cantantes, los escritores, matemáticos, los historiadores, los sabelotodo, los tecnológicos, los pelús, ay los pelús! Qué días aquellos donde sentarte a tomar aire fresco en un árbol y discutir sobre el último acto del aquel circo llamado gobierno, era un pasatiempo.
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