1 de octubre de 2011
- Carlos Quirós
La conmemoración del Grito de Lares este año ha tenido un profundo significado para mí. Aparte de la organización unitaria de la actividad (que siempre es bueno) y del hecho de que por primera vez en años no me mojé como un pollo por las lluvias torrenciales, allí tuve una verdadera y profunda revelación.
Entre todos los mensajes del día me impresionó fuertemente el de un compañero, que se merece todo mi respeto, de avanzada edad (por su propia admisión) que despotricaba a diestra y siniestra sobre diferentes asuntos. Según el, tenía más dedos de la mano que sindicatos que "valieran la pena". Interesante planteamiento, pensé. Quizás es que yo tengo más dedos que él en las manos o quizás mi criterio de "valer la pena" es distinto, pero de alguna manera me parecía incorrecto lo que se planteaba.
Pero después vino lo verdaderamente importante.
Este compañero empezó a criticar el hecho de que se estuvieran vendiendo diversas mercancías en Lares. Que aquello parecía una plaza del mercado. Que estaba bien que las organizaciones vendieran libros (porque ayudan al desarrollo de la conciencia) pero que allí había un montón de gente vendiendo todo tipo de mercancías que nada tenían que ver con la lucha por nuestra independencia. ¡Hasta aguacates estaban vendiendo en la Plaza de la Revolución!
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