5 de julio de 2011
- Gazir Sued
La idolatría y el fanatismo son vicios psico-sociales que engendran, sostienen y perpetúan los estados nacionales modernos. En el escenario local, que no es ni se pretende excepción, las figuras protagónicas de la farándula se convierten mecánicamente en íconos nacionales, representantes de “lo mejor de Puerto Rico”; ejemplos que las juventudes deberían emular. Artistas y atletas, indistintamente de los géneros en que se destaquen, pasan a formar parte del circo político del Estado nacional puertorriqueño, y la fama, más que sus virtudes distintivas, es su principal requerimiento.
La persona singular desaparece y en su lugar aparece el objeto de la publicidad comercial, el símbolo de la propaganda política del Estado: el héroe nacional. El Estado se apropia de logros y hazañas individuales, y compite por el dominio en el mercadeo de la persona afamada, virtualmente deshumanizada y convertida en mercancía rentable. El artista o el atleta, investido de la gloria del estrellato, infla de orgullo nacional a la fanaticada, séquito del Estado, para el que importa menos la persona que el símbolo patrio que le representa. Perdido el interés comercial y mediático, destronado de sus privilegios y desvanecida su popularidad, pierde valor de uso político.
Pero la identidad fabricada por la propaganda estatal y los mercaderes de símbolos nacionales no sólo invisibiliza al ser humano real sino que lo condena a una existencia forzosamente irreal e irrealizable; a una vida brutalmente idealizada. El caso de “Piculín” Ortíz lo representa con nitidez, y la impresión de extrañeza que satura la cobertura noticiosa refleja el engaño del que participamos colectivamente; como si la pulcritud moral y legal fuese condición de la fama.
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