5 de junio de 2011
- Josean Laguarta-Ramírez
El próximo 14 de junio, Barack Obama se convertirá en el segundo presidente de los Estados Unidos que pisa suelo boricua durante su cargo, en el último medio siglo. La fecha coincide con el 50mo aniversario del paso por la Isla por el entonces presidente, John. F. Kennedy. El propósito real de la visita, que durará escasas horas, será cortejar, con miras a las elecciones presidenciales del 2012, los votos de los puertorriqueños y puertorriqueñas.
No hablo, por supuesto, de los casi 4 millones de residentes de la Isla, quienes no tienen ni tendrán derecho a elegir al líder de la nación extranjera que la ocupa militarmente desde hace 113 años, sino de sus 4 millones de familiares que en diferentes épocas han emigrado a las ciudades de la metrópolis, escapando de las condiciones económicas y sociales en la colonia (500,000 solo en los pasados 10 años). Particularmente, los casi 800,000 que se han establecido en el electoralmente crucial estado de la Florida, y cuyos votos son un contrapeso natural al los del tradicionalmente republicano exilio cubano.
Al igual que hace 50 años, ambos partidos coloniales se preparan a toda prisa para celebrar su llegada como si se tratase de un acontecimiento de gran envergadura en la historia de nuestro pueblo. Entre tanta pompa y fanfarria, no ha habido espacio para una reflexión crítica sobre lo que representa el personaje y el significado de su visita. ¿Quien es, realmente, Barack Hussein Obama? ¿Es su presencia entre nosotros y nosotras motivo de festejo?
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