3 de diciembre de 2010
- Ernesto Chévere Hernández
Las crisis son, sin duda, catalíticos de cambio en nuestra sociedad. Reales o percibidas, éstas logran sumergir a las poblaciones en tal estado de shock que, inmersas en estado de conmoción, aceptan de manera voluntaria cualquier imposición. Es decir, el miedo, el terror, el desorden y la inestabilidad son provocadores de saltos en direcciones predeterminadas.
Leyendo el libro de Naomi Klein, “La Doctrina del Shock”, donde se explica con claridad las políticas empleadas por el estado para afianzar su poder e imponer sus doctrinas incluso por encima de la resistencia popular, no puedo sino vincular este fenómeno a nuestro país. En el libro, Klein habla sobre distintos métodos a través de los cuales EEUU consigue imponer sus reglas de juego con total normalidad.
De esta manera, la táctica descrita por Klein es aplicada de manera directa en la universidad: crear un estado de shock entre el estudiantado con su retórica de la desacreditación y el cierre para que de manera voluntaria asuman el inmovilismo y la cuota sea impuesta sin resistencia. No estoy planteando que el déficit institucional sea una invención. Tampoco que la acreditación no peligra ni que el cierre no es posible. Todo esos asuntos son muy reales, tan reales como las víctimas del 11 de septiembre. Lo que hay que evaluar es la manera como se utilizan esos elementos como estrategia política para adelantar unas agendas que vienen desde arriba, así como las victimas del 11 de septiembre fueron el escudo del modelo exportado por EEUU luego de los atentados.
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