30 de noviembre de 2009
- Nani Álvarez
Hace poco más de cuatro años tuve un aborto espontáneo. Al no saber qué ocurría con mi cuerpo durante la duodécima semana de mi embarazo me precipité al hospital ente una hemorragia. Luego de un ultrasonido vaginal y de más de siete horas de espera en sala de emergencias por fin llegó la doctora en ginecología. En seguida me dio la triste noticia de que los signos vitales del feto estaban ausentes. En ese momento me rendí ente su “omnipotencia” y muy obedientemente acepté todas sus decisiones.
Desde las dos de la tarde hasta las ocho de la mañana del siguiente día, el líquido proveniente de una pequeña bolsa junto al suero de salina, llegaba gota a gota hasta mi vena. Este líquido llamado Pitocina (oxitocina sintética) causa dolorosas y continuas contracciones en el útero (mucho más dolorosas de lo que podrían ser las contracciones causadas por la oxitocina que producimos durante un parto natural).
A eso de las nueve de la mañana llegó mi escolta con una camilla para trasladarme a sala de operaciones. Una vez ahí se me aplicó la dolorosa anestesia espinal, se me acostó sobre mi espalda, los pies amarrados en la “burra” y se me practicó un raspe. Durante el procedimiento la doctora hace un comentario que me resultó curioso insinuando que el raspe había sido innecesario puesto que ya había expulsado la mayor parte del feto y del contenido del útero.
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